No necesita el alivio, no lo amedrenta el rencor /
porque nunca tuvo abrazos, porque le duele el sudor.
Sudor frío de sus manos que la muerte al fin calmó
pequeño niño perdido la soledad te crió.
Los versos iniciales de mi post corresponden a la canción del argentino Daniel Melingo, “Pequeño Paria”, tema con el que cierra el film “El Niño de Barro”, basado en la historia del asesino serial más joven de Argentina, Cayetano Santos Godino más conocido como “El Petiso Orejudo”.
Si bien esta película está basada en la historia de Cayetano, él no es el personaje principal, sino Mateo, un niño que sobrevivió a su ataque y que experimenta una extraña mimetización con él. Pero su esencia, su lobreguidad, su anestesia emocional, se sienten a lo largo de toda la película, la envuelve como envuelve a los sueños de Mateo.. Escenas como la del fotógrafo y los niños o la de Cayetano (genial Abel Ayala) con su última víctima, inquietan, duelen y perturban; así como la aparición, casi desapercibida, del asesino en el film, que funciona bien como recurso de intriga. El tono de la película es sombrío y decadente y el final, más que violento, es de una tristeza que desasosiega y que se resume en las palabras de la madre de Mateo (Maribel Verdú) al Comisario Petrie ( Daniel Freire) “sino hay justicia, me queda la venganza”.
El guión es interesante a pesar del elemento sobrenatural, pero considero que la base de un film reside mucho en la construcción y desarrollo de vínculos entre sus personajes y de esto siento que adolece la película; los hilos sueltos en cuanto a los personajes se sienten y reforzar esto le habría dado más fuerza e intensidad.
Muchos al analizar a los asesinos seriales inciden más en los traumas y los maltratos que pudieron ser detonantes de estas mentes perturbadas. Pero tal como señala Janire Rámila en su libro “Depredadores Humanos”, a veces nos centramos demasiado en los asesinos y nos olvidamos de lo verdaderamente importante: el dolor de las víctimas. “Todos somos humanos, pero los inocentes merecen más que los culpables”, decía Elliot Leyton. Los niños que fueron masacrados y asesinados por Cayetano fueron víctimas de su fragilidad física y de su inocencia, por eso es que él nunca asesinó adultos que sí hubieran podido defenderse y oler el mal que se avecinaba, aunque el representante de ese mal hubiera sido -como en este caso- tan solo otro niño más.
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