Cuando estaba en la universidad realicé una investigación sobre la demencia y quedé impactada. Una enfermedad que te hace perder tus recuerdos, tu esencia, lo que eres hasta el extremo de convertirte en un cuerpo que camina, come y defeca, es aterradora.
En “The Father”, Anthony Hopkins representa a un hombre que va perdiendo sus recuerdos en una vorágine de confusión y contradicciones. Lo que él ha pensado suyo no lo es, la hija que creía viva ya no está, los muebles que pensaban ya no están ahí, ni siquiera el cuadro, que tanto amaba, sobre su chimenea La vejez -se dice- es el epílogo de todo lo que hemos vivido y debe ser el momento del reposo, de la asimilación de los actos equivocados o las glorias, de los sueños que pueden recuperarse y la nueva vida que se proyecta en los seres que amas.
¿Pero qué ocurre cuando no hay en tus recuerdos y mente nada que asimilar o recordar o de lo cual arrepentirte siquiera? ¿Qué ocurre cuando tu espejo te da más preguntas que respuestas, cuando olvidas lo más básico de ti mismo que es tu nombre, tu familia o siquiera dónde estás parado?. Literalmente debe ser aterrador y no solo para ti, sino para quienes te aman. En el papel de Anne, Olivia Colman lo muestra. El dilema de seguir con su vida o anclarse junto al hombre al que debe admitir -con todo el dolor que implica- ya no ser capaz de cuidar. ¿Qué es preferible manejar? ¿la culpa o la aceptación?
Florian Zeller -el director- es el mismo autor de la pieza teatral en la cual se basa la película. Nos preguntamos frecuentemente por la calidad de las adaptaciones literarias al cine, pero esta es una ocasión propicia para mostrarnos cómo puede ser llevada magistralmente una obra de teatro al cine. “The Father”, adaptada al cine por el mismo Zeller y el genial dramaturgo Christopher Hampton (Total Eclipse, Mary Reilly, Dangerous Liaisons), nos plantea la acción desde los ojos del mismo personaje, lo que aquí resulta más perturbador y que requiere del espectador una especial atención a los detalles tanto psicológicos como físicos (tremendo trabajo de diseño de Peter Francis).
El nombre original del personaje en la obra es André y el que se haya cambiado a Anthony no creo que sea solo para americanizarlo. El que un actor de 83 años interprete a un hombre con demencia crea vínculos espectador-film y actor-personaje más fuertes. Ese hombre podría ser Hopkins en unos cuantos años o alguno de nuestros padres.
Uno de los Óscar que he celebrado con más alegría en muchos años, ha sido éste. Merecido totalmente.

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